Ciega a Citas

Quedan 00 días para encontrar a un novio normal

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Ciega a citas a la televisión

August 19th, 2008 · 77 Comments

Sé que la noticia salió en algunos medios y que llegaron muchos mails preguntando si era cierto, así que quiero sacarles las dudas antes de que el rumor se haga más grande: es verdad.

Además del libro, que sale el 1ero de noviembre, y que ya estoy terminando de escribir, la productora Rosstoc de Alejandro Suaya y Gastón Pauls compró los derechos de Ciega a Citas. En este momento están empezando a escribir el piloto y si todo sale bien, el año que viene éste blog será el primero en convertirse en serie de televisión en Argentina. Cuando pueda contarles más detalles, lo haré. Por lo pronto, sabrán mucho más cuando aparezca el libro en noviembre.

¡Un beso grande y no, no sé qué actriz hará de mí! ¡Pero yo también me muero por saberlo!

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Epílogo

July 8th, 2008 · 1809 Comments

Hoy es la última vez que voy a escribir en este diario. Después de nueve meses contando esta historia, mi historia, me tengo que despedir, tal cual prometí el primer día.Esta certeza me llena de angustia y de emoción. Porque durante doscientos cincuenta días fui, en simultáneo y sin querer, una persona y un personaje. Una escritora y una protagonista. Un policía y un ladrón. Todo al mismo tiempo.

A pesar del maquillaje y los efectos especiales que cualquier historia necesita, siento que nunca escribí nada más sincero en mi vida. O me corrijo: que por primera vez, escribí algo sobre mí. No planeaba contar nada tan íntimo y tan crudo.  La verdad es que pensaba pasarle por arriba, hacer algunos chistes y seguir la historia de la apuesta hasta el final. Pero las cosas se dieron así, como cuando te sentás con un amigo a charlar y terminás haciendole la mejor confesión de tu vida.Ahora ustedes saben todo de mí. Saben qué me acompleja, que lloro cada dos días, que evado todos los problemas, y que los domingos como bordes de pizza y gaseosa caliente tirada en la cama.

No sé si alguien sabe, en cambio, lo que significa escribir un capítulo de una historia todos los días. Lo que cuesta escribir llueve o truene, se muera quien se muera, te roben o te violen, te echen del trabajo o te duela la cabeza. Escribir hasta quedarte sin palabras. Escribir una novela en doscientas cincuenta entregas. Escribir y escribir.Hubo muchos días en los que llegué cansada y no tuve ganas de contarles nada. En otros me morí de ansiedad. Y en otros no pude evitar hacerlo, a pesar de que no correspondía. Pero me ayudó a transitar ese camino lleno de altibajos saber que estaban del otro lado, esperando que yo escribiera.

Quizás nunca sepan cuánto cambió mi vida haber escrito esta historia para todos ustedes. Ojalá algún día nos encontremos cara a cara y sepan todo lo que significó para mí.Pantalla mediante, los he leído con la misma dedicación que ustedes me leyeron a mí. Incluso he tomado algunos consejos sensatos. A muchos de ustedes, yo, Lucía, siento que los conozco como si fueran vecinos, amigos, gente que conversa conmigo en la escalera de la oficina después del almuerzo. Es raro, ya sé. Pero así es como son las cosas.

Me alegra profundamente que por nueve meses, de una forma parcial y precaria, hayamos sido parte de la vida del otro. Y me alegra, sobre todo, que mis líneas los hayan encontrado. Que por esas cosas de la vida, yo haya elegido contar esto acá y ustedes estar del otro lado, leyéndolo atentamente. Creo que así como los lectores eligen sus libros y los espectadores sus películas, los escritores también eligen a quien le escriben. Me emociona, entonces, que nos hayamos elegido mutuamente.

A pesar de esto, desde hoy no voy a volver a escribir este diario. Y no es por capricho ni por cansancio. No escribo más porque la historia tiene que terminar así, acá, con estas líneas y este epílogo, doscientos cincuenta y ocho días después del primero de noviembre de 2007. Porque en el fondo, tanto ustedes como yo saben que debe ser así. Que es mejor así. Para los personajes, y para mí, que quiero y necesito volver a ser una persona.Los que quieran empezar a leer el blog desde el principio, tienen que arrancar por aquí, y seguirlo día a día. Al terminar, se encontrarán lo que voy a colgar a continuación: algunos artículos redactados por lectores que se animaron a contar por qué siguieron esta historia durante nueve meses.Sin nada más que decirles, los saludo de nuevo, los abrazo y les vuelvo a agradecer por haber llegado hasta acá conmigo. Me despido hasta nuevo aviso. Nos vemos el primero de noviembre en las librerías, y posiblemente y si todo sale bien el año que viene en la tele.

¡Hasta pronto!

LG

Ciega a citas por algunos lectores: Sayuri - Gre - Ayoween - Psico loca - Vanina - Francisca - Estefanía - CHULS - Vanelandia - La nena monstruo - chika migraña - Lord Vader -

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La fiesta inolvidable II

July 7th, 2008 · 1288 Comments

A las diez y media de la noche, mientras comíamos el exageradísimo y reseco salmón millonario, yo ya estaba borracha como una cuba. Tan borracha, que cuando Rodrigo amenazaba con sacarme el vino, yo gruñía como un depredador.
Mi abuela, mientras tanto, seguía con sus preguntas.

ABUELA
(Con las comisuras llenas de salmón grillado)
Yo no entiendo cómo es que con tanto estudio,
tantos años, ahí no conseguiste un novio.

Por otro lado, mucha gente me manifestó su apoyo sincero, y en su afán por alentarme, me arrojó a los abismos de la depresión. No me acuerdo de todo el mundo. Sólo de una pelirroja que intentó un abrazo y me dijo que su mamá la había bañado con sus primos hasta los doce. Otra mujer me dijo una frase que no sé como tomar “Será lo que será, pero es tu madre”. Y por último, un viejito me dio su tarjeta para que lo llame. Rodrigo, por su parte, no paró de repetir que tendría que haber esperado para dejar a José.

Pero luego del período depresivo, cuando se acabó el vino tinto y empezó a correr el champagne, llegó una marea de enojo severo. De repente me encontré contestándole como la mona a mi abuela, al resto de los invitados, e incluso al barman porque el trago apenas si tenía alcohol.

LG
Minnovio está preso, apuela.

ABUELA
¿Cómo preso?

LG
Quso matr a mama

Y como si fuera poco, mi madre se quiso reconciliar de una manera insólita. Vino por detrás, y animada por el alcohol, me empezó a cantar temas relacionados a la victoria y a la derrota, subiendo y bajando los brazos como si fuese una porrista universitaria.

MADRE
¡Ganamos! ¡Perdimos! ¡Igual nos divertimos!
¡Ganamos! ¡Perdimos! ¡Igual nos divertimos!

¿Esta mujer intuye lo mal que la pasé yo durante estos meses? ¿Tiene idea las cosas que hice para ganar? ¿Las veces que me humillé, que me sometí a situaciones destructivas, o que salí con gente impresentable sólo para cumplir? ¿Por qué, de repente, a todos les parece un chiste? ¿Por qué los demás lo cuentan como un chisme simpático y pintoresco de mi familia?

MADRE
Lo único que no había necesidad es de ponerse ese vestido de velorio.

Y empezó a tararear una marcha fúnebre más o menos de memoria.

LG
Mi vesitido es perfto. Fijte en el tuye que estás vestida comunarbol
de Navidad. Tenés desinocho conores, mamá, panecés un cacatúa.

MADRE
Con estas figura (y dio una vuelta) se pueden usar todos los colores
que quieras. El secreto es la silueta, hasta el verde manzana te queda
lindo si estás delgada.

LG
No me gusptan los coliores, maam.

MADRE
¡Y como sigas comiendo, te van a gustar menos!

LG
Rbol de navidán.

Y me pegó en la mano para que soltara un profiterol. En ese momento me puse tan furiosa, pero tan furiosa, que me comí ocho profiteroles seguidos, uno atrás de otro, en su cara. Pero ella no se rindió.

MADRE
Genial, ahora ni ese vestido te va a entrar.

LG
Ptuuuuuf.

Y me fui al baño. Un poco a esconderme de ella, y otro poco porque los profiteroles me habían caído mal.

Yo no sé en qué baño me metí o cuánto tiempo estuve sentada en el inodoro, pensando en todo lo que había pasado en el último año. Me acordé de esa vez que me encerré a llorar en el camping con Marcelo, la vez que encontré a Matías con la otra chica en la otra fiesta y en el cepillo de dientes y la afeitadora de José que todavía descansaban en mi botiquín. Estaba borracha y pensaba desorganizadamente, emocionalmente, torpemente. Pero al menos pensaba. Me hubiese gustado callar a mi mamá. Hubiera estado bien verla tragarse todo su orgullo. Quizás Rodrigo tenía razón y tendría que haber esperado para hablar con José. Quizás podría haber tenido paciencia. Nunca lo iba a saber.

Cuando salí del baño, tambaleándome, me di cuenta que la toalla estaba tirada en el piso y, confundida, abrí un pequeño armario de chapa para buscar una nueva. No había toallas. Pero había unos bolsos, presumo, del personal de la fiesta. Quizás de los mozos, de los cocineros, o de algún empleado de mantenimiento. Eran sólo bolsos, pero en el medio de todos, brillando y destilando comodidad dominguera, encima del resto de las cosas, como si estuvieran acomodados sobre un almohadón real, descansaban un pantalón de jogging majestuoso con un viejo buzo imitación de Nike.

Las ganas de ponérmelos eran tan grandes. Tan grandes. Era como el anillo de Frodo. Era un imán, un hechizo, un reflejo. Me imaginaba mis piernas acariciadas por la frisa roñosa de la joggineta y me estremecía de placer. Podía ver la cara de mi madre al verme salir del baño con ese atuendo, y me moría de risa sola.

Así que no lo pensé más, me desvestí y me robé el jogging, el buzo, y unas zapatillas talle cuarenta y dos que me hacían lucir como un payaso de circo.

La salida, lo juro, fue triunfal. Si no hubiera estado tan borracha juraría que la música se detuvo y me iluminaron desde el techo.

Pasé por al lado de mi madre y trabada por el alcohol y la risa, me hice notar.

LG
Aper que te prece el vestido otro ahora.

De más está decir que durante el resto de la fiesta, mi madre me persiguió por todo el salón exhortándome a volver a mi atuendo inicial. La hice pedirme perdón, la hice repetir que era una cacatúa colorinche y que mi vestido era más elegante que el suyo, pero la engañé. Me quedé con el jogging hasta las tres de la mañana. Incluso mi abuela se indignó.

ABUELA
Nena ¿Qué hacés vestida de pintor?

Más tarde, sin embargo, quise volver a cambiarme. El chiste ya había perdido la gracia, la gente murmuraba demasiado, mi hermana fruncía el ceño, furiosa y mi madre había dicho “cacatúa” varias veces. Pero cuando volví al baño, el vestido ya no estaba. Alguien lo había guardado o se lo había robado descaradamente.

Para no soportar los reproches de mi madre, se me ocurrió ir a dormir al guardarropas arriba de todos los abrigos (en ese momento tenía lógica). Dormí profundamente, mientras Rodrigo me buscaba por todos lados y mi madre agradecía que yo hubiera desaparecido. Creo que pasaron dos o tres horas, porque descansé bastante bien. Cuando me desperté asomaba una resaca impresionante pero ya hablaba bien y me podía mantener en pie. De a ratos me sentía en mi propia cama. Hasta que tuve que compartirla con otra persona.

A eso de las seis de la mañana, se abrió la puerta del cuarto y me cayó encima una mujer. Mi madre, preocupada porque su amiga Silvia estaba borracha, efectivamente la había empujado adentro del guardarropas. Tal cual como había prometido. Silvia apenas podía articular una palabra entera, pero con todas sus fuerzas y con las vocales que pudo, sentenció:

SILVIA
Mir aa lu cí na que conscí hijiputan pero tu amaman
es un caso apart, querida.

Y se prendió un cigarrillo encima de todos los abrigos y sacones de piel.

Asumí entonces, que era hora de irme. Agarré mi tapado, me lo puse arriba del jogging, y así completé mi atuendo de linyera para salir a la calle. Al dueño de las zapatillas le dejé una notita en un papel higiénico avisando que le iba a devolver sus cosas durante la semana.

Afuera, me esperaba un domingo gris. Un domingo como todos mis domingos. Un domingo que me encontraba otra vez soltera, en pantalón de jogging, con el estómago lleno de comida chatarra y alcohol.

Por un momento pensé que estos últimos nueve meses habían sido un mal sueño. Que nunca habían pasado. Que ese día yo me había puesto esa ropa para bajar a comprar algo al kiosco, mientras me sacudía una pesadilla de la cabeza. Una pesadilla que involucraba apuestas, candidatos ficticios, una dieta inconclusa y un poco de amor. Y me convencí de que ningún recuerdo era cierto. Que mi mamá no había sido capaz de tal cosa, o que si lo había mencionado, mi hermana se había indignado con semejante proposición. Pero mientras cruzaba la calle, la realidad me golpeó sin anestesia.

Entre el ruido de los autos y la música que venía del salón, alguien me chiflaba desde la esquina, muerto de risa: ¡Pero qué pinta! ¿Quién es el diseñador?

Atontada, giré solamente para confirmar la voz. Quería tanto que fuera esa. Y por primera vez en la noche sonreí de felicidad genuina. Crucé la calle, un poco torpe y un poco ansiosa, y fui caminando hasta la esquina.

LG
Pensé que no ibas a venir.

MARCELO
Te tenía que llevar. Yo siempre vengo al final de las fiestas.

LG
Es verdad.

MARCELO
(Extendiéndome el celular)
Tu hermana llamó veinte veces, llorando a moco tendido.

LG
¿Te contó algo… de la apuesta?

MARCELO
Hasta el último detalle. La tuve que calmar.

LG
(Incrédula)
¡Viniste!

MARCELO
Siempre vengo.

Marcelo se rió y me dio la mano con timidez. Nunca agarré una mano tan fuerte. Ni siquiera cuando era chica y cruzaba una avenida con mi mamá.

MARCELO
¿Y? ¿Ganaste o perdiste?

Me encogí de hombros, dudosa.

MARCELO
(Ansioso)
¿Ganaste o perdiste?

LG
Supongo que gané.

FIN

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La fiesta inolvidable I

July 6th, 2008 · 703 Comments

En las bodas, se supone que la novia camina hacia el altar emocionada, con la cara abollada por las lágrimas y las piernas temblorosas, apenas imperceptibles debajo de un larguísimo vestido blanco. Lo que no se supone es que alguien apueste que la hermana de la novia va a ir sola, gorda y vestida de negro al casamiento. Pero claro, son suposiciones.

Ayer mi hermana entró a la iglesia emocionada y caminó temblorosa como se suponía que camine, pero hasta la mitad del pasillo. En ese momento, me vio sentada entre mi madre y mi tía, y se quedo clavada en el medio de la iglesia, como si hubiera visto un fantasma. Podría jurar que abrió la boca y no la cerró hasta que terminó la ceremonia. Pero quizás estoy exagerando. Es muy difícil prestar atención si tu madre está preguntándote en dónde está tu novio durante toda la ceremonia.

LG
No lo quise traer. Me daba vergüenza mi familia.

MADRE
¡Mentira! ¡Seguro hiciste algo!

LG
No, no. Me daba vergüenza. Nada más

MADRE
No hiciste eso.

LG
Te digo que no va a venir. Si mi novio veía a Amelia babeada y
tratando de agarrar un canapé con su mano artrítica de borracha
temblorosa, a vos peleándote con Silvia por el micrófono, a la tía
comiéndose los langostinos con cabeza y a papá haciendo trencito, me
mataba.  De hecho, Rodrigo me dejó por culpa de ustedes. Me dijo
que estaba muy enamorado de mí,  pero que le daba vergüenza
ser parte de esta familia. Lo juro (y me besé los dedos).

MADRE
Si no viene perdés, lo sabías ¿No?

LG
¡Ahí viene Irina! ¡Mirá que linda está! ¡Debe ser carísimo ese vestido!
¡Pobre tu nieto, las penurias que va a pasar para pagar ese velo tan largo!

La fiesta arrancó con mi hermana llorando a moco tendido en el guardarropas y mi madre explicándole a la gente por qué no aparecía. Entre desconcertada y furiosa, Irina me mandó a llamar unas cincuenta veces a través de diversos parientes, pero como estaba ocupada tomando daikiris y comiendo sushi, no fui.

Finalmente, mi madre le dijo que ella iba a pagar todo y mi hermana se calmó. Desde que somos muy chicas mi hermana consigue todo llorando, incluso que le paguen una apuesta que perdió. Yo lloro la misma cantidad, pero no consigo dinero. Debería rever esa situación más adelante. Me parece que estoy perdiendo un montón de agua y de plata al mismo tiempo.

Cuando entró al salón, la cara de mi hermana parecía una piñata de colores marmolados. El maquillaje le dibujaba unas arrugas negras en las mejillas y le hundía los ojos como si estuviera enferma de tuberculosis. Yo sonreía y bebía como un cosaco. Incluso me divertía. Todos la estaban pasando mal, menos yo, que no tenía que pagarle nada a nadie ni suplicarle a otros que paguen mis cuentas.

Sin embargo, cuando quise agarrar el quincuagésimo roll, me dí cuenta de que todos me miraban a mí, y no a ella. Y cuando digo todos, digo todos. Desde mi abuela hasta los compañeros de oficina de mi cuñado. Todos susurraban, se codeaban, y me espiaban con una pena sigilosa y elegante.

ABUELA
Yo lo conocí a tu abuelo en el club. ¿Vos fuiste al club?

LG
No, abuela.

ABUELA
(Mientras se metía un cucurucho de kanikama entero en la boca)
Por eso perdiste.

LG
¿Qué?

Al parecer, mientras mi hermana lloraba a los gritos, le contó todo sobre la apuesta a su marido, a sus amigas, a una moza, a mi tía, a mi abuela y a su madrina. Y a su vez, éstas se lo contaron a todos los demás, que asombrados por semejante chismes, se pusieron a opinar con particular entusiasmo sobre mi derrota.

Atento al inminente desastre, Rodrigo se acercó con una botella de champagne y me dijo si quería sentarme con él. Al borde del llanto y sin otro panorama mejor, le dije que sí. Después de todo, de alguna forma rara y moderna somos amigos. ¿No?

Me acuerdo de esos instantes con terror infantil. Fueron, sin duda, el principio de una de las peores noches de mi vida. Y no es que yo no esté acostumbrada a la humillación y al papelón constante. De hecho, no conozco otra cosa. Jamás me fui de un festejo sin haberme caído encima de la torta, sin haber perdido un novio en el baño a manos de otra chica, o haberle preguntado a un sordo si era tarado porque no escuchaba el celular que sonaba en su bolsillo.

Pero la verdad es que nunca me había enfrentado a un desastre de tremenda magnitud. Era mi primer papelón masivo. Hasta ese momento, las vergüenzas más grandes de mi vida habían sido confesarle a mi novio que todavía era virgen, y que se me vuele una pollera pareo que me había atado mal antes de salir de casa, dormida, para ir a la facultad. Transitar esa noche si colgarme del baño, entonces, iba a ser, para mí, un gran desafío. Un desafío que superé, pero que me costó mi dignidad y mi vestido.

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Lost

July 5th, 2008 · 805 Comments

Hoy finalmente es la fiesta de casamiento de mi hermana. Una fiesta que, durante el último año, imaginé cerca de doscientas veces. Primero, entrando con Matías perfecto, bailando borrachos, burlándonos de la gente y chicaneando a mi madre que estaría histérica por la derrota.

También me imaginé yendo con Ezequiel en dos variantes: la tranquila y la que se peleaba con Juan Pitt mientras la estúpida lloraba a moco tendido en el guardarropas. Me imaginé otra con Oscarcito, sólo porque estaba deprimida y quería autoflagelarme. Me imaginé una con Willy, el loquito del celular: yo me escondíano porque no lo soportaba más, y él me mandaba mensajes de texto y me llamaba durante toda la noche. Me imaginé una con Marcelo en la que él me corría la silla, me alcanzaba el abrigo, y yo le buscaba torta en la mesa de dulce con diligencia sumisa de novia almibarada. Y por último, me imaginé una fiesta con José. Una fiesta tan factible, tan cercana, que casi pude saborear la isla flotante y escuchar la música brasilera.

Pero no puedo negar que también me imaginé este final. Que en el fondo, mi gran miedo era que mi mamá tuviera razón justamente porque sentía que era cierto. Que, como dije mil veces, yo soy la que se tropieza con la mesa de dulces o se rompe un taco bailando en la pista. Nunca soy la que entra con un vestido colorado y llama la atención de todo el mundo con sus piernas largas y esbeltas.

Sin embargo, tengo que asumir que perder fue mi culpa. Y no porque lo haya dejado a José. Sino porque hice las cosas mal desde el primer día. Si quería ganar, nunca busqué ni elegí al candidato más adecuado para durar hasta la fiesta. Y si lo que quería era enamorarme, nunca dejé de buscar y de elegir como si estuviera comprando en una zapatería de ofertas.

Ayer le dije a Rodrigo que iba a ir sola, a José que no quería estar con él, y a Marcelo que por favor pasara a dejarme la cartera. Tenía esperanzas de que viniera. Tantas. Pero no vino. No quiso, no pudo, no lo dejaron. No sé.

Hoy se casa mi hermana y perdí. Y voy a tener que pasar por esa noche, por esa fiesta, de la peor forma imaginable: sola. Pero no es tan grave, porque entre perder una apuesta y perderme a mí, prefiero perder la apuesta.

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Entonces, nada.

July 4th, 2008 · 811 Comments

Cuando llegó José yo lloraba a moco tendido, y previsiblemente, empezó a hacer preguntas complicadas que yo no podía contestar.

JOSE
¿Por qué mierda llorás? ¡Y no me digas más que la cartera,
que el maquillaje, que el celular, las invitaciones! ¡Si es tanto
lío mandás un taxi! ¿Por qué llorás?

LG
¡Porque me sacaron mis cosas, mis anteojos, mi maquillaje!

JOSE
¡Nadie te sacó tus cosas, vos las dejaste tiradas y otro las agarró!

LG
¡Pero eran mías! ¡Mías! (Y me golpeaba el pecho, llorando)

JOSE
¡Pero las dejaste tiradas! ¡Lo que dejas tirado se supone
que no lo querés! Además, dijiste mil veces que no te gustaba esa cartera.

LG
Bueno, pero es mía y la quiero. Y no dije que no me gustaba.
Dije que no me combinaba con mis cosas. No era muy yo.
Pero era linda. ¡Y era mía!

JOSE
¡Bueno, andá a buscarla!

LG
Me da vergüenza. Me la tendría que haber llevado antes,
ahora ya no puedo volver a buscarla.

JOSE
¡Si tanto querés la cartera andá a buscarla! Si no la vas
a buscar es que tanto no te importaba. ¡Dejate de joder!
¡Es solo una cartera!

Me fui a bañar llorando a moco tendido mientras José suspiraba, harto por mis escenitas caprichosas con la cartera que había perdido. Mientras estaba en la ducha, sonó el teléfono. Le grité a José para que fuera a atender pero no me hizo caso. Así que salí corriendo del agua, antes de que corten.

José estaba en la cama, tirado, semidesnudo, con esperanzas de tener sexo de reconciliación. Nunca lo vi tan precario y estúpido como en ese momento.

Fui a atender mientras me quejaba, y vi que el identificador de llamadas decía mi número. Me dio impresión. Marcelo había encontrado “casa” en la agenda y llamó. Quería saber por qué no había ido a buscar las cosas, que pensó que yo iba a ir. Yo le dije que pensé que iba a venir él. Me explicó que no podía y yo le dije que tampoco, porque me estaba preparando para ir al casamiento por civil de mi hermana. Me dijo que ya sabía porque estaban las tarjetas. Le pregunté si me había revisado la cartera y se rió. Supongo que sí. Aunque lo niegue.

Cuando corté estaba contenta. Mi vida no había cambiado en nada pero estaba contenta igual. No iba a recuperar mi cartera, que era fea y no me combinaba con nada, pero de todos modos era mía.

LG
Yo no te quiero.

JOSE
Ya sé.

LG
No, yo no te quiero y vos tampoco me querés. Estamos
juntos porque hay que estar con alguien. ¿Entendés?

Y me senté al borde de la cama, envuelta en una toalla, chorreando agua del pelo y de los ojos y mojando las sábanas recién cambiadas.

LG
Durante toda mi vida estuve orgullosa de no estar con alguien
por estar, para poder decir que estaba casada, para tener hijos,
para tener en quién apoyarme cuando me quedara sin trabajo
o tuviera una enfermedad terminal. Y todo esto del casamiento
de mi hermana… me hizo perder el norte. ¿Entendés? Nosotros
no estamos juntos para coger. No te mientas más… Nosotros
estamos juntos para no sentir los sábados a la noche que
caminamos por la cornisa. Para no ver un plato y una taza en el
lavaplatos, para no sentir las pantuflas frías, para no despertarnos
el domingo al mediodía y ver los bordes de pizza retorcidos
de la noche anterior, para no sentir envidia de esas familias
que llevan los bolsos, felices, para pasar el día en el club. Estamos
juntos para no preguntar cuánto es el mínimo de helado
que traen a domicilio, para no revolver todas las bandejas de
milanesas en el supermercado hasta encontrar la más chica,
para no tener que ir solos a todos lados y soportar la mirada
ajena que nos dice que somos fracasados, olvidados, el ultimo alumno
que en la clase de gimnasia nadie elige para jugar al quemado.

JOSE
(Sonriendo, tranquilo)
¿De coger ni hablar, no?

LG
Ni coger, ni ir a un casamiento, ni cenar el sábado a la noche,
ni meterte en mis panfuflas. o quiero calentar un costado de la
cama, una silla en un casamiento o un par de zapatos.

JOSE
¿Por qué lo tenés que hacer tan complicado todo, lentejita?

LG
Porque para mí sí es una comedia romántica. Yo quiero alguien
que se muera por mí. Alguien que no soporte estar con otra
persona. Alguien que me mejore y que sea mejor porque está
conmigo. Eso quiero. O eso quise siempre. Y no quiero
conformarme más. Si no es así, prefiero quedarme sin nada.

JOSE
(Mientras se levantaba, para vestirse, un poco ofuscado)
Nada, entonces.

LG
(Afirmando)
Nada.

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Conversación telefónica con Rodrigo

July 4th, 2008 · 730 Comments

Y le empecé a contar todo a Rodrigo. Primero, porque estaba ahí. Segundo, porque me conocía mucho. Y tercero, porque no tenía a quién más contarle todo. Desde hacía meses que me guardaba un montón de secretos, de coincidencias, de desaciertos adentro mío como se guarda un montón de ropa de invierno apretada en un baúl. Y necesitaba abrir el baúl urgente.

—En realidad, el lío empezó hace nueve meses. Hace doscientos cincuenta días, cuando sin querer, escuché que mi mamá apostaba con Irina que yo iba a ir sola, gorda y de negro al casamiento. Ese día yo me quise morir. Porque no sabía que mi familia me veía así. Yo pensaba que ellos creían que tenía mala suerte en el amor. O que estaba con unos kilos de más. Es decir, creía que pensaban que mis problemas eran circunstanciales (palabra clave: estaba), no una suerte de karma trágico sin salida (palabra clave: era).

—Ajá. ¿Pero qué tiene que ver eso con el tipo?

—Entonces me juré que iba a ganar esa apuesta. Que iba a ir con un novio de verdad, un novio normal, un novio mío. No un amigo prestado, una ex pareja caritativa o un galán de último momento.

—¿Entonces?

—Entonces salí con un compañero de oficina, Marcelo, pero todo salió muy mal. Después salí con Eduardo, dos veces. Después conocí a Matías. Matías me encantaba. Pero lo encontré en el baño con otra mina una semana después ¿Te acordás? Marcelo me quiso avisar… pero no le presté atención, pensé que quería meterse en el medio…

—¿Y para qué iba a querer meterse en el medio?

—Porque Marcelo quiere salir conmigo desde el primer día que puse un pie en esa oficina. Y no se cansó nunca de dejármelo bien claro. Me invitó a las salidas que organizaba con la gente de la oficina todos los viernes durante un año.

—Pero a vos no te gusta.

—Entonces estuve sola como un mes y salí con un tipo adicto a los celulares. Y después se me ocurrió… Por favor, no te rías… Inscribirme en un portal para buscar pareja. Qué boludo, te dije que no te rías…

—Perdón.

—Y ahí conocí a Ezequiel. Y salimos un tiempo. Pero mientras Matías me presionaba, quería volver, y Ezequiel no me tocaba. O sea, no quería acostarse conmigo. Y no, no era puto. No empieces. O sea, tenía un tipo que no me tocaba y otro que tocaba a la ex novia ¿Entendés? Así que salí con otros del portal, varias salidas. Un cholulo, uno depresivo, otro que tenía cara de mujer… Todos impresentables. Uno peor que el otro. Que no se acuesten conmigo era lo de menos.

—Entonces te quedaste con Ezequiel.

—No, porque me dejó. O me dejó antes de eso. Yo me había quedado dormida en una salida con él, no lo llamaba nunca, un día le cociné pizza quemada. Matías me volvía loca en esa época.

—Y ahora no.

—No. Ahora no. Así que ahí volví a estar sola, como siempre. Hasta que acepté salir con la gente de la oficina, y ahí conocí a José, que no quería tener nada serio con nadie. Sólo acostarse.

—No me digas esas cosas. No puedo imaginarte con tipos.

—Ok, que sólo quería verme de vez en cuando. Y le plantee que yo quería empezar algo serio y me dijo que sí, medio que para seguir acostándose, porque me dejó claro que a él le daba lo mismo. Pero después supongo que nos encariñamos y me iba a acompañar al casamiento.

—Pero no estás mas con él tampoco.

—No.

—¿Porque…te dejo por otra?

—No. Lo dejé yo.

—¿Por qué?

—Para que se entienda tengo que volver hacia atrás, porque mientras pasaba todo esto, también pasaban otras cosas. Solo que yo no me di cuenta, pero los demás sí. Incluido José. Y hoy me llamó para a pedir explicaciones. Pero al final me las dio él.

—¿Cómo?

—Resulta que hace un par de meses, en una de esas reuniones en las que conocí a José, Marcelo nos presentó a su novia, Marina. Ayer Marina me pegó un cachetazo delante de todo el mundo.

—¿Por qué?

—Porque Marcelo me trajo de la fiesta de Matías cuando lo encontré en el baño, porque vino a casa a ver si me sentía bien, porque me trajo la comida cuando me quedé sin almorzar, porque me invitó a ir a jugar al bowling cuando estaba deprimida, porque me convenció de que aplique para otro trabajo mejor, porque me llamó cada vez que estuve triste, no sé. Porque está demasiado pendiente de mí.

—Ah, está celosa.

—Sí, eso y que un día le di un beso. Y una vez lo llamé cuando estaban de vacaciones. Y el otro día le dejé unos mensajes subidos de tono por error. Y una vez vino a casa de noche porque pensó que no estaba José….Y otra vez espiamos a Matías. Y lo de los sueños, a veces sueño con él… Y nada más. Bueno, le hice algunas escenas cuando me enteré que tenía novia capaz… No sé bien.

—¿Por qué?

—Bueno, eso mismo me preguntó José.

—¿Y qué le dijiste?

—Que no sabía por qué pero que no quería que esté con ella.

—¿Y entonces?

—Entonces después, a la tarde, Marcelo me avisó que me había dejado la cartera y el celular en la oficina y que no me lo podía traer… por lo que había pasado, que lo mejor era si me lo mandaba con un taxi… o que yo mande a alguien…

—¿Y?

—Y entonces me puse a llorar.

—¿Por qué?

—Porque pensé que iba a venir a traerlas.

—Como siempre.

—Sí.

—¿Y José?

—Cuando llegó me vio llorando. Y ahí pasó lo que vino después.

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Mensaje en el contestador

July 3rd, 2008 · 448 Comments

RODRIGO
Che, te llamé al laburo y dicen que estás enferma, pero en casa no
atendés. Chiflame si vas sola al casamiento, que tenía una mina
para ir pero se pudrió todo. No seas boluda, no vayas sola que
podemos ir juntos… ¿Estás con ese pibe todavía? Llamame.

Así que disqué y lo llamé.

LG
Hola, soy yo. Sí, claro que voy. No, no estoy más con el.

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Receta para comerse un bollo

July 2nd, 2008 · 925 Comments

1. Desparrame los ingredientes secos sobre la mesada:

Llegué al trabajo al mediodía, con una resaca puntiaguda y unas ganas escandalosas de tirarme al piso a dormir. Estaba un poco de malhumor por el dolor de cabeza y otro poco porque José no me había contestado los llamados de anoche. Es lo que siempre hace, ya sé, pero no me acostumbro. Mientras subía por las escaleras me encontré con algunos compañeros de trabajo que bajaban a comer, desorganizados, en grupos de tres o cuatro, a las corridas. José me saludó como si nada y me pegó en la cola, como de costumbre.

JOSE
No me llamaste, lentejita. ¿Y el vestido? ¿Cuándo lo voy a ver?

Pensé que era un histérico y quería que escarmiente. Jamás le voy a decir que lo llamé ocho veces y le dejé ocho mensajes. Total, él y yo sabemos.

LG
Ay, no me acuerdo de nada. Volví borrachísima.

2. Agregue los líquidos:

Llegué a mi escritorio, pero la oficina estaba vacía. Me tomé medio litro de agua y un café para recuperar la compostura. (Cada vez que tomo de más tengo esta sed. Juro no volver a tomar una copa nunca más en la vida). Revisé algunos mails; me daba miedo haberme perdido algo importante por haber llegado tarde. Pero no había nada especial, salvo una entrevista que tenía que pautar para el lunes que viene. Decidí llamar antes de bajar a comer con todo el mundo, aunque lo único que quería era una seven up y un té. Juntos.

3. Empiece a mezclar los ingredientes formando una pasta homogénea:

Cuando abrí el celular, sin embargo, por curiosidad, miré los números que marqué. Los dos últimos eran cualquier cosa. Números que no conocía ni tenían sentido porque empezaban con 903 o 6#90. ¿Habría llamado a China? No me acordaba. Pero cuando seguí, previsiblemente para todos pero dolorosamente para mí, encontré seis números de Marcelo seguidos y todo empezó a cobrar sentido. Las imágenes se volvían cada vez menos borrosas y las palabras se empezaban a organizar como ejércitos en mi cabeza. Me acordé que incluso había cantado algo, muy divertida.

En ese momento, decidí ir al bar para hablar urgente con Marcelo. Agarré mi cartera, el celular, y me fui, dejando todo prendido.

4. Empiece a amasar hasta integrar todos los elementos.

Mientras bajaba corriendo las escaleras, me empecé a acordar de algunos mensajes que creía haberle dejado a José. Las palabras venían a mí como apariciones. Una más subida de tono que otra, más privada, más atrevida, más fuera de lugar. Cada dos o tres escalones me agarraba la cabeza, me tapaba la cara, y sentía como mi estómago crujía de pudor. Esta vez sí había metido la pata, en serio y hasta el fondo. Pero mi angustia no tenía nada que ver con la vergüenza de que Marcelo haya escuchado cosas privadas, quizás atrevidas de mi pareja. Yo estaba angustiada porque probablemente lo había herido con mi error. Sin querer, lo había puesto a escuchar cosas que le iban a hacer mal, de la misma manera que me hubieran hecho mal a mí en el caso inverso.

5. Prepare un bollo redondo

Cuando llegué al bar, Marcelo, por suerte, todavía no estaba comiendo. Había llegado más tarde porque iba a comer arriba. Caminé hasta su lugar y le empecé a hablar sin parar. Desbordada, verborrágica.

LG
Perdoname, perdoname. Yo estaba borracha.
Me pasé por completo. No sé qué pasó. Perdoname.

Y me puse a llorar desconsoladamente. Marcelo entonces me llevó para el pasillo que va hacia los baños, al lado de los teléfonos y me consiguió papel para que me secara las lágrimas. Me extrañó que no estuviera molesto. Al parecer, la situación le parecía graciosa. Se reía.

MARCELO
No te preocupes, supuse que no eran en serio.

LG
Eran en serio, cada palabra que dije fue en serio.
Pero vos no tenías por qué escucharlos.

MARCELO
(risueño)
Por qué no, eran para mí.

LG
Decían José.

MARCELO
Decían Marcelo.

Me quedé dura. Marcelo sacó su celular y me hizo escuchar uno. Nunca en la vida sentí tanta vergüenza. Me puse colorada desde la frente hasta el talón del pie. Nunca me había escuchado a mí, justamente a mí que soy tan pacata, decir semejantes cosas. Y todas juntas.

MARCELO
Eran para mí.

Marcelo se acercó, me seca las lágrimas con la yema de los dedos y me dijo que estaba todo bien, que no llorara porque a mí la cara se me hinchaba de nada. Que él sabía, que él entendía, que él se olvidaba si yo quería que se olvidara. Le dije que sí. Me agarró de la cintura y me acompañó al salón otra vez. Quiero parar de llorar pero no podía. Las lágrimas se escapaban como goteras por un techo desvencijado.

6. Comase el bollo, o guarde en un taper y congele.

Cuando llegamos a la mesa, Marina estaba sentada, incómoda y moviendo los dedos sobre la mesa, en el lugar de Marcelo. Piñata, desde su lugar, comía pechuga a la plancha y miraba sigilosamente cada detalle de la situación. Ella tenía un táper hermoso en la mano. Uno de los que ella le prepara cuando duermen juntos. Esos que tienen los sandwichitos miniatura, las uvas en bolsita, los juguitos infantiles.

Se la notaba fastidiada, enojada por las situación. Apenas nos vio, se paró y rabiosa le dijo a Marcelo.

MARINA
Vos te olvidaste la comida.

Y giró, me miró y me dijo a mí:

MARINA
Y vos, sos una hija de puta.

Y me dio un cachetazo.

Me quedé inmóvil algunos segundos y luego me fui corriendo. Dejé todo ahí. En esa mesa. Incluidos mi cartera y mi celular.

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vovli

July 2nd, 2008 · 650 Comments

me via llshamar a jose cjaaaaaaaauuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu mua mua

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